El impresentable de Anibal Fernandez dijo algo verdadero: “los votos valen más que las cacerolas”. El año que viene hay elecciones legislativas y es hora de mostrar que se puede empezar a cambiar. Pero, claro, estamos hartos de que al momento de votar tenemos enfrente a la misma gente con las mismas propuestas que ya han demostrado su completo fracaso. Es necesario pues que empecemos a identificar a lo que pueden ser agentes del cambio. Quienes son? Ciertamente no el abortista, social demócrata de Macri. O el infeliz de Scioli, o el marxista Solanas (que por otra parte forma parte de este sistema aunque el pretenda lo contrario) o la errática Carrio o el babafrias de Alfonsin. Pero por ahí están los hombres y mujeres que pueden ser nuestro futuros dirigentes. No es uno. Tienen que ser muchos ya que en el proceso de selección habrá que descartar a varios. Pero empecemos a identificar a aquellos que adhieran a la constitución, especialmente a los principios de 1853 y que quieran un país donde se cumpla nuestro sueño:
Que las relaciones sociales en Argentina se basen en el amor, la justicia y el respeto, no en la “lucha de clases” el odio y la envidia.
Que la función primordial del estado sea asegurar a cada individuo el disfrute de sus derechos individuales, incluyendo el derecho a la vida, a la integridad física, a la propiedad. No en la creación de arbitrarios derechos “sociales” que frecuentemente solo sirven como excusa para el totalitarismo.
Que el patriotismo sea entendido como amor a nuestras tradiciones, no como un sentimiento xenófobo que extiende la lucha de clases entre grupo sociales a la lucha de clases entre países.
Que la igualdad de oportunidades en la educación no sea una excusa para mantener un sistema público que es utilizado como un mecanismo de adoctrinamiento en manos del gobierno o de extorsión en manos de los sindicatos.
Que la justicia sea entendida como darle a cada uno lo que en derecho le corresponde, no un concepto vago de “justicia social” o una excusa para la venganza.
Que la igualdad se entienda como igualdad de oportunidades, no como igualdad de resultados.
Que la paz sea entendida como el imperio de la justicia y no como la mera ausencia de violencia o la rendición ante la injusticia.
Que la política internacional Argentina se base en buscar afinidades con los países que comparten nuestra visión del mundo y no en la paranoia, el complejo de inferioridad “latinoamericano” o la búsqueda de excusas para nuestros propios fracasos.
Que la vida sea respetada desde la concepción hasta la muerte natural. No un país en que los débiles (viejos o niños) paguen por los errores de los demás o sean sacrificados para el beneficio de nadie.
Que los recursos que se recauden en impuestos sean los indispensables para asegurar la provisión de los servicios esenciales del estado, no como un mecanismo de redistribución.
Que se ayude a los que necesitan una oportunidad, no a los que son necesarios para ayudar a los políticos a conquistar más poder.
Que se entienda que la propiedad privada es una consecuencia directa de la libertad individual y base indispensable de la prosperidad.
Que se incentive la responsabilidad personal: se premie el esfuerzo y consecuentemente se pague el fracaso. El éxito no es un derecho, es un privilegio.
Que se proteja e incentive el ahorro, canalizando la inversión mediante un sistema financiero y un mercado de capitales que respete la libertad, la transparencia y la seguridad jurídica.